
Al día siguiente, barrido ya el último vestigio de la fiesta -en verdad exultante y desprovista de toda moderación-, solía amanecer un cielo limpio, inmerso en la calma otoñal. Calma que lentamente languidecía hacia el invierno.
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Pero no era una calma verdadera. En profundo y desconocido lugar ardían los sarmientos, manteníanse rojas las cenizas. Y había conciencia en nuestra tierra y gentes de algún culto, respeto, tradición no desaparecidos. Ritos y costumbres, sacrificios donde se vertía sangre, aunque ya no humana, subsistían en honor de nuestros viejos y desaparecidos dioses; aunque éstos fueran ya sólo sombras de una religión perdida o deformada. Todavía conservaban los campesinos, hincadas en la trasera de sus chozas o huertos, resecas y antiquísimas estacas, con signos misteriosos. Remotos espíritus y temores anidaban allí. Y los labriegos no vacilaban en compartirlos o amañarlos con los ritos y la fe que nos dio Roma. He de señalar que mi propio padre conservaba en su cámara -y mientras viví en su casa, siempre la vi allí- una escuálida y vieja cabra, de origen desconocido, a la que todas las noches y madrugadas, si no estaba borracho o dormido, dedicaba una especie de oración o salmodia en una lengua que ya ni él mismo comprendía. No obstante, aquello no ofrecía obstáculo alguno para que en la misma estancia venerase cierta reliquia de San Arlón, aunque modesta -las de los verdaderos Patrones de la Caballería estaban por encima de sus posibilidades-. Y encomendábase a este Santo Protector en todo momento y ocasión. No era hombre devoto, mi padre, pero había levantado una capilla en el recinto de la torre, mantenía un capellán, y a menudo hacía ofrendas al cercano convento de Monjes Silenciosos. Donativos que estaban muy por encima de su fortuna y que le valieron fama de generoso y desprendido con las gentes de Dios.
