
Un trabajo, además, en números rojos. Hacía casi dos semanas que Bruna había terminado su anterior encargo y no tenía demasiados ahorros de los que tirar. Los EUT arrastraban una perpetua crisis económica desde la Unificación, pero últimamente parecía que había una crisis dentro de la crisis y todos los negocios estaban muy parados. Le urgía encontrar algún cliente, de modo que decidió salir y hacer lo que ella llamaba «una ronda informativa»: dar un par de vueltas e intentar hablar con sus contactos habituales, a ver qué se cocía por ahí y si había alguien a quien poder ofrecer sus servicios. Miró el reloj: las 23:10. Podía acercarse al garito de Oli Oliar y de paso comer algo. Pese al frenesí de sangre y degüello que acababa de ver, estaba hambrienta. O quizá estaba hambrienta justamente por eso. Nada abría tanto el apetito como el espectáculo de la muerte de los otros. Cuatro años, tres meses y veinticuatro días.
Era el mes de enero, el más fresco del corto y suave invierno, y hacía una noche perfecta para caminar. Utilizando en algunos tramos las cintas rodantes, Bruna tardó veinte minutos en llegar al bar de Oli. Era un local pequeño y rectangular, ocupado casi en su totalidad por una gran barra que, a su vez, estaba casi totalmente ocupada por el enorme corpachón de Oli. Por sus carnes opulentas y su igualmente desmesurada hospitalidad. Oli nunca le hacía ascos a nadie, así fuera un tecno o un bicho o un mutante. Por eso su parroquia era instructivamente variada.
