– ¿Has avisado al ministerio público, a la Científica, al dottor Pasquano?

– Sí, señor, pero el dottori Guaspano se ha cabreado mucho.

– ¿Por qué?

– Dice que como él no tiene el don de la bicuidad, no podrá estar allí antes de unas dos horas. Dottori,¿le importa darme una explicación?

– Dime.

– ¿Qué es eso de la bicuidad?

– Que uno puede encontrarse simultáneamente en dos sitios distintos y alejados el uno del otro. Dile a Augello que voy para allá.

Montalbano se dirigió al cuarto de baño y se vistió.

– Ya tiene listo el café -le advirtió Adelina.

En cuanto entró en la cocina, la asistenta lo miró y le dijo:

– Pero ¿sabe que usía es todavía un hombre muy guapo?

¿Todavía? ¿Qué significaba ese todavía? El comisario se molestó. Pero inmediatamente hizo su aparición Montalbano segundo:

«¡Pues no! ¡No puedes cabrearte! ¡Te contradices a ti mismo si hace apenas una hora te sentías un viejo decrépito!»

Mejor cambiar de tema.

– ¿Cómo es que hoy has venido tan temprano?

– Porque tengo que darme prisa e ir a Montelusa a hablar con el juez Sommatino.

Era el juez de vigilancia de la cárcel donde estaba cumpliendo condena Pasquale, el hijo menor de Adelina, un delincuente habitual que el propio Montalbano había detenido varias veces y de cuyo primogénito había sido padrino de bautismo.

– Parece que el juez hablará en favor de un arresto domiciliario.

El café era bueno.

– Dame otra taza, Adelì.

Puesto que el dottor Pasquano iba a llegar tarde, podía tomárselo con calma.



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