Apenas un instante después comenzaron a besarse de una manera salvaje, urgente, insólita en una película pornográfica. Antes les había visto hablar, intercambiar gestos y gruñidos de tanto en tanto, como si en realidad se conocieran bien. Tal vez fuera así, no lo sé. De todos modos, el beso, su sorprendente y sincero beso, cesó pronto, bruscamente, tal y como había empezado. De nuevo retornaron a la formación original, y de nuevo fue ella quien tomó la iniciativa.

Súbitamente, sin previo aviso, la mirada fija en la de su compañero, introdujo uno de sus aguzados dedos en el desconocido, que esta vez no pareció acusar el cambio de situación. Las uñas eran tan largas y tan afiladas que resultaban animales, casi repugnantes. Supuse que debía hacerle daño, tenía que estar haciéndole daño cuando, a pesar de que él había engullido obedientemente todo el dedo, hasta la base, seguía empujando, retorciendo la mano en torno a la entrada, mientras increpaba jocosamente al otro hombre, que la miraba, aparentemente divertido.

Ella parloteaba y gesticulaba exageradamente, como una niña pequeña excitada por una sorpresa. Fruncía los labios en un morrito suplicante, ladeaba levemente su cabecita rubia y menuda, dejaba ver la aguda punta de su lengua.

Le metió al desconocido otro dedo, el segundo.

Entonces comenzó a mover la mano más deprisa, más enérgicamente, y su brazo comenzó a temblar, todo su cuerpo se movía en pos de su mano. Sus gestos se hicieron más explícitos, todavía más femeninos, sus labios se contrajeron en una mueca brutal, ridícula. Y penetró al desconocido por tercera vez.

Fue enloquecedor.

No fui capaz de experimentar ninguna sensación cercana a la compasión, a pesar de que me aferraba a la idea de que todo aquello debía de ser muy doloroso para él. Está siendo castigado, pensé, tan arbitrariamente como antes ha sido premiado. Era justo. Aquel pequeño dolor, un dolor tan ambiguo, a cambio de tanta belleza.



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