La cámara se centró en el rostro de Lester. Sudaba más, ahora, los ojos casi cerrados, los labios tensos, se lo estaba pasando muy bien.

Yo se lo repetía sin cesar, en silencio.

Eres un niño malo, Lester. No deberías haberlo hecho. Eres tan cruel. Has enfadado a papá y esta vez va en serio. ¡Pobre papá! Tan joven aún, tan vigoroso, toda la vida mimando el césped, y tu lo has destrozado entero en un minuto. Este año ya no irás a Eton, y papá te castigará, lo está haciendo ya. Mírale, mírate en el espejo grande del comedor, Lester. Estoy segura de que él no hubiera querido hacerlo, pero es tan honrado, siempre tan riguroso. Te mereces los azotes, tú te los has buscado al perforar el jardín con el colador chino de la cocina para fabricar tu estúpido campo de golf

Lo he oído comentar antes, ése será el castigo supremo. Papá te va a penetrar con el chino, Lester, te va a meter por el culo ese gran embudo de aluminio perforado y lo va a sacar goteando sangre. No te lo imaginas. Pero todo tiene su lado bueno, no creas. El chino abrirá un hueco tal que cuando papá te ataque con la polla para resarcirse siquiera mínimamente de los irreparables daños que has infringido a su pradera, ni siquiera te vas a enterar, y eso es una ventaja, te lo digo yo, que lo sé por experiencia, hermanito, querido Lester…

Los acontecimientos de la pantalla me devolvieron a la realidad. El hombre rubio, rubio otra vez, se acababa de correr. Apenas el primer chorro de semen salió disparado, signo incontrovertible de la ausencia de fraude, penetró nuevamente en el que ahora, después de todo, no dejaba de ser un desconocido.

Pero mi cuerpo ardía.

Un denso hilo de baba transparente me colgaba del labio inferior.


Fue un día extraño, un día raro desde el principio, y no sólo por el calor, este calor seco, africano, tan poco habitual ya a mediados de septiembre.

Mi cuñada me llamó a primera hora. Quería saber si tenía un hueco para ella, y contarme de paso que a Pablo le iba muy bien con su chica nueva, la llamó así, su chica, a esa especie de musa desteñida que había sacado de no sé qué cenáculo intelectual de provincias, jovencísima, muy joven.



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