– ¿Cómo estás, esposa de Pompeyo? -le preguntó.

Ella pareció azorada y murmuró algo inaudible. Acto seguido César pasó a Cornelia Sila, que era hija de Sila y prima hermana de César. Una a una fue recorriendo todo el grupo, a todas las conocía salvo a Servilia. Y ésta contemplaba el avance de aquel hombre con gran admiración, una vez que había logrado superar el susto que se había llevado cuando él la interrumpió. Incluso Perpenia sucumbió al encanto, y en cuanto a Terencia… ¡aquella formidable matrona estaba decididamente embobada! Luego sólo quedaba su madre, a la cual César se acercó en último lugar.

– Tienes buen aspecto, mater.

– Estoy bien. Y tú pareces curado -le dijo ella con aquella voz suya secamente prosaica y profunda.

Un comentario que, de alguna manera, hirió a César, pensó Servilia con un sobresalto. ¡Ajá! ¡Por aquí hay corrientes subterráneas!

– Estoy completamente curado -dijo él con calma al tiempo que se sentaba en el sofá junto a su madre, pero en el extremo más alejado de Servilia-. ¿Obedece esta fiesta a algún motivo concreto? -le preguntó.

– Es nuestra asociación. Nos reunimos cada quince días en casa de alguien. Hoy me toca a mí.

Ante lo cual César se levantó y se excusó diciendo que estaba sucio a causa del viaje, aunque Servilia pensó que nunca había visto a un viajero tan inmaculado. Pero antes de que pudiera abandonar la habitación, Julia se acercó a él llevando a Bruto cogido de la mano.

– Tata, éste es mi amigo Marco Junio Bruto.

La sonrisa y el saludo fueron amplios; Bruto estaba claramente impresionado -como sin duda era natural que estuviera, pensó Servilia todavía dolida.

– ¿Tu hijo? -le preguntó César a Servilia por encima del hombro.



16 из 1083