
– Ahogó a sus hijos de cuatro y siete años -recitó John en tono monótono, sin levantar los ojos de la lista.
Almont miró a la mujer con el ceño fruncido. Esas mujeres estarían en su elemento en Port Royal; eran tan rudas como el más aguerrido de los corsarios. Pero ¿esposas? Desde luego no serían esposas. Siguió recorriendo la fila de caras y se paró frente a una que era insólitamente joven.
La muchacha tendría quizá catorce o quince años, los cabellos rubios y la piel muy clara. Tenía unos ojos azules y límpidos que expresaban una rara amabilidad e inocencia. Parecía totalmente fuera de lugar en aquel grupo de mujeres groseras. El gobernador le habló en tono amable.
– ¿Cómo te llamas, niña?
– Anne Sharpe, excelencia. -Su voz era apenas audible, casi un susurro, y mantenía los ojos tímidamente bajos.
– ¿Cuál es tu delito?
– Hurto, excelencia.
Almont miró a John. Este asintió.
– Robo en el alojamiento de un caballero. En Gardiner's Lane, Londres.
– Entiendo -dijo Almont, volviendo a mirar a la muchacha. Pero no fue capaz de ser severo con ella, que mantenía los ojos bajos-. Necesito una sirvienta en mi casa, señorita Sharpe. Servirás en mi residencia.
– Excelencia -interrumpió John, inclinándose hacia Almont-. Si me permitís unas palabras.
Los dos hombres se apartaron un poco de las mujeres. El ayudante, que parecía agitado, le indicó la lista.
– Excelencia -susurró-, aquí dice que la acusaron de brujería durante el juicio.
Almont se rió, divertido.
– No lo dudo, no lo dudo.
A menudo se acusaba de brujería a las mujeres hermosas.
– Excelencia -insistió John, con celo puritano-. Aquí ti ice que lleva en el cuerpo los estigmas del demonio.
Almont miró a la tímida jovencita rubia. No le parecía probable que fuera bruja. Sir James sabía un par de cosas de brujería. Las brujas tenían ojos de colores extraños y estaban rodeadas de corrientes de aire helado. Su carne era fría como la de los reptiles y tenían un seno de más.
