Sir James suspiró.

– Además -continuó Hacklett-, hemos tenido que soportar, por todas partes, la visión de mujeres procaces y medio desnudas en la calle y gritando desde las ventanas, hombres borrachos y vomitando en la calle, ladrones y piratas peleando y alborotando en las esquinas, y…

– ¿Piratas? -preguntó Almont bruscamente.

– Pues sí, piratas. Al menos así es como llamaría yo a esos marineros asesinos.

– En Port Royal no hay piratas -afirmó Almont. Su voz era dura. Miró enfadado a su nuevo secretario y maldijo las bajas pasiones del Alegre Monarca, por culpa de las cuales él tendría que soportar a aquel idiota pedante como secretario. Estaba claro que Hacklett no le sería de ninguna utilidad-. No hay piratas en esta colonia -repitió Almont-. Y si hallara pruebas de que alguno de los hombres es un pirata, se le juzgaría como es debido y se le ahorcaría. Así lo dicta la ley de la Corona y aquí se observa con absoluto rigor.

Hacklett le miró con incredulidad.

– Sir James -dijo-, discutís por un detalle de terminología cuando la verdad del asunto está a la vista en todas las calles y todas las casas de la ciudad.

– La verdad del asunto está a la vista en el patíbulo de High Street -replicó Almont-, donde en este momento puede verse a un pirata balanceándose con la brisa. De haber desembarcado antes, lo habríais presenciado vos mismo. -Suspiró de nuevo-. Sentaos -dijo-, y callaos antes de que me confirméis la impresión de que sois un idiota aún mayor de lo que parecéis.

El señor Hacklett palideció. Sin duda no estaba acostumbrado a ser tratado con tanta rudeza. Se sentó rápidamente en una silla junto a su esposa. Ella le tocó la mano para tranquilizarlo, un gesto sincero, de parte de una de las amantes del rey.

Sir James Almont se levantó, haciendo una mueca por el dolor que le subía del pie. Se inclinó sobre la mesa.



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