
Todo aquello era muy raro. Con contrato o sin él, no se podía forzar a una mujer al matrimonio, aunque no podía evitar pensar que esa boda podía solucionar algunos de sus problemas más apremiantes, como el de dónde vivir cuando la echaran de su apartamento o cómo juntar dinero para recuperar el negocio.
– No lo amo -murmuró para sí. Y repitió mentalmente esas palabras como una especie de mantra.
Se alisó la falda de nuevo y se dirigió al ascensor. Cuando salió en el piso de McCaffrey Comercial Properties, se encontró con unas puertas de cristal. Una recepcionista guapa se sentaba detrás de un mostrador circular y le sonrió al verla entrar.
– Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?
– Quiero ver a Will McCaffrey.
Legalmente suya
– Usted debe de ser la señorita Singleton -la joven salió de detrás del mostrador-. El señor McCaffrey ha pedido que la lleve a su despacho. Ahora está reunido, pero no tardará en llegar. ¿Quiere que le traiga algo?
Jane hubiera querido pedir un frasco de Valium.
– No, gracias, estoy bien.
La recepcionista la guió por un pasillo largo y abrió una puerta situada al final.
– Le diré al señor McCaffrey que está aquí.
– Gracias.
Cuando se quedó sola, Jane miró a su alrededor, demasiado nerviosa para sentarse. Tomó una foto de un pastor alemán que había en el escritorio.
– Se llama Thurgood.
Jane se volvió y vio a Will de pie en el umbral, con el hombro apoyado en la jamba. El corazón se le paró y tuvo que tragar saliva con fuerza.
– Es bonito -murmuró.
– Es un sinvergüenza y lo destroza todo, pero lo adoro. ¿Tú tienes animales de compañía?
Jane no contestó. No había ido allí a conversar amigablemente. Abrió el bolso y sacó la copia del contrato.
– Me has enviado esto -dijo.
– Sí -sonrió Will.
– ¿Por qué?
