Rikki cantaba mientras conducía por la carretera, mirando ocasionalmente al océano. El agua brillaba como joyas, atrayéndola, le ofrecía la paz que tanto necesitaba. Había estado unos pocos meses indultada sin pesadillas pero ahora regresaban como una venganza, viniendo casi cada noche. La pauta era familiar, una aflicción que había sufrido muchas veces con el paso de los años. Lo único que podía hacer era capear la tormenta.

El fuego había destruido a su familia cuando tenía trece años. Definitivamente un incendio provocado, habían dicho los bomberos. Un año y seis meses más tarde, un fuego había destruido la casa de acogida donde se alojaba. Nadie había muerto, pero había prendido fuego.

El tercer fuego se había llevado su segunda casa de acogida en su decimosexto cumpleaños. Ella había despertado, el corazón latiendo salvajemente, incapaz de respirar, ya ahogándose con el humo y el temor. Se había arrastrado sobre las manos y rodillas a los otros cuartos, despertando a los ocupantes, avisándolos. Todos habían escapado, pero la casa y todo el interior se había perdido.

Las autoridades no creyeron que Rikki no hubiera comenzado ninguno de esos fuegos. No lo podían demostrar, pero nadie la quería después de eso. Nadie confiaba en ella y la verdad era que ella no confiaba en sí misma. ¿Cómo habían comenzado los fuegos? Uno de los muchos psicólogos sugirió que Rikki no podía recordar el haberlo hecho, y quizá esto era verdad. Había vivido en instalaciones públicas, lejos de los otros. Incendiaria, la habían llamado, comerciante de la muerte. Había soportado las provocaciones y luego se volvió violenta, protegiéndose con fuerza despiadada y brutal cuando sus torturadores llegaron al abuso físico. Fue marcada como alborotadora y ya no le importó.



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