Lucy no sonó tan feliz como debería. Meg puso sus rodillas por debajo de ella. -Tiene que tener algo malo.

– Nada.

– Gorra de béisbol hacia atrás. Mal aliento por las mañanas. Una pasión secreta por Kid Rock. Tiene que haber algo.

– Bueno… -. Una mirada de impotencia brilló en la cara de Lucy. -Es perfecto. Eso es lo que está mal.

Justo entonces, Meg lo entendió. Lucy no podía arriesgarse a decepcionar a la gente que amaba, y ahora su futuro marido se había convertido en una de las personas que necesitaba para vivir.

La madre de Lucy, la ex presidenta de Estados Unidos, eligió ese momento para meter la cabeza en la habitación. -Hora de irnos, las dos.

Meg salió disparada del sofá. A pesar de haber crecido rodeada de celebridades, nunca había perdido su capacidad de asombro en presencia de la Presidenta Cornelia Case Jorik.

Los rasgos patricios y serenos de Nealy Jorik, destacando su pelo castaño miel, y los trajes de diseñadores famosos eran familiares por miles de fotografías, pero algunas de ellas mostraban la persona real detrás de la insignia de la bandera americana, la mujer complicada que una vez había huido de la Casa Blanca para cruzar el país en una aventura que le había hecho llegar a Lucy y a su hermana Tracy, así como al amado esposo de Nealy, el periodista Mat Jorik.

Nealy las miró. -Viéndoos juntas… parece que fue ayer cuando erais estudiantes universitarias -. Una capa de sentimentales lágrimas suavizaron los ojos azul acero de la ex líder del mundo libre. -Meg, has sido una buena amiga para Lucy.

– Alguien tenía que serlo.

La presidenta sonrió.

– Lamento que tus padres no puedan estar aquí.

Meg no lo hacía. -No pueden estar separados durante mucho tiempo y esta es la única época en la que mamá podía dejar el trabajo para reunirse con papá mientras rodaba en China.



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