
– A mí también me gusta esto -admitió Don Gregson. Era el reconocido y respetado líder de su grupo, un hombre que visitaba a menudo el bosque pluvial y reunía fondos para los suministros médicos que eran necesarios en la región.
Rachael miró fijamente el rico y exuberante bosque, el deseo crecía en ella como una fuerza que la estremecía. Oyó la continua llamada de los pájaros, de tantos de ellos, viéndolos volando de rama en rama, siempre ocupados, siempre en vuelo. Tenía un desesperado deseo de lanzarse del barco y nadar hasta desaparecer dentro del oscuro interior.
El barco sorteó una ola particularmente picada y la lanzó contra Simon. Ella siempre había tenido una buena figura, incluso de niña, desarrollándose rápidamente con exuberantes curvas y un generoso cuerpo de mujer. Simon la apretó cerca de él cuando la cogió caballerosamente, sus senos se aplastaban contra su pecho. Sus manos se deslizaban innecesariamente hacia abajo por su columna. Ella le clavó el pulgar en las costillas, sonriendo dulcemente mientras se apartaba de sus brazos.
– Gracias, Simon, parece que las corrientes se están volviendo más fuertes -no había enojo en su voz. Su expresión era serena, inocente. Para él era imposible verla arder de rabia ante la manera que aprovechaba cada oportunidad para tocarla. Ella miró a Kim Pang. Él lo vio todo, su expresión era casi tan tranquila como la de ella, pero había notado la posición de las errantes manos de Simon-. ¿Por qué se está volviendo tan salvaje y agitado el río, Kim?
– Llovió río arriba, hay muchas inundaciones. Se lo advertí, pero Don consultó con otro y le dijeron que el río era navegable. Cuando consigamos ir más lejos río arriba, veremos.
– Pensé que estaban llegando una serie de tormentas -se defendió Don-. Comprobé el tiempo esta mañana.
– Sí, el aire huele a lluvia.
– Al menos con el viento soplando tan fuerte, los insectos nos dejarán en paz -dijo Amy-. Estoy esperando el día en que no tenga cincuenta picaduras sobre mí.
