
Impaciente, permaneció cinco minutos en la acera, a las puertas del Royal Exchange, hasta que el coche de punto con Narraway hizo acto de presencia y se detuvo. El látigo largo del cochero restalló y azuzó al caballo incluso antes de que Pitt tuviera tiempo de instalarse en el asiento.
En aquel momento corrían hacia Myrdle Street y aún no tenía una idea clara de qué ocurría, salvo que la información procedía de las propias fuentes de Narraway en las lindes del agitado mundo del hampa del East End: ámbito de atracadores, timadores, escribas, salteadores de camino y ladrones de toda calaña que se alimentaban del río.
– ¿Por qué ha de ser en Myrdle Street? -inquirió a gritos-. ¿Quiénes son?
– Podría ser cualquiera -respondió Narraway sin apartar la mirada de la calle.
En principio, la Brigada Especial sehabía creado para hacer frente a las actividades de los fenianos enLondres, pero por aquel entonces se enfrentaba a todo tipo deamenazas a la seguridad nacional. Precisamente en esa fecha,principios de verano de 1893, el peligro que más inquietaba a lamayoría de las personas era el de los terroristas anarquistas. Sehabían producido varios incidentes en París, y Londres habíasufrido media docena de explosiones de diversaconsideración.
Narraway no sabía si la última amenaza procedía de los irlandeses, que seguían empeñados en alcanzar la autonomía o simplemente de revolucionarios deseosos de derrocar el gobierno, la monarquía o la ley y el orden en general.
En la esquina giraron a la izquierda, subieron por Myrdle Street, cruzaron la calle y se detuvieron. Poco más adelante los policías se ocupaban de despertar a la gente y la hacían salir rápidamente de sus casas. No había tiempo de buscar pertenencias particularmente apreciadas, ni siquiera de coger algo más que un abrigo o un chal para protegerse del fresco aire matinal.
