
El agente de policía también gritó, con la boca muy abierta, pero sus palabras se perdieron en medio del estrépito. Sacudió el cuerpo de manera extraña, como si las piernas no le respondieran. Se inclinó y agitó los brazos mientras, horrorizada, la gente no se movía de donde estaba.
Otra explosión resonó en el interior de la segunda casa. Las paredes temblaron y parecieron desplomarse sobre sí mismas, al tiempo que los ladrillos y el yeso salían despedidos hacia el exterior. Hubo más llamaradas y una columna de humo negro.
De pronto, la gente echó a correr. Los piños sollozaron, alguien maldijo a voz en cuello y varios perros ladraron con frenesí. Un anciano juró contra todo lo que se le ocurrió y se repitió una y otra vez.
Narraway había palidecido y sus ojos negros semejaban orificios en la cabeza. No habían tenido la esperanza de evitar el estallido de las bombas, pero era una dolorosa derrota ver semejantes destrozos en la acera de enfrente y personas aterrorizadas y desconcertadas que se movían dando tumbos. Las llamas llegaron a los listones y las vigas secas y comenzaron a propagarse.
Llegó un coche de bomberos, con los caballos cubiertos de sudor y los ojos en blanco. Los efectivos se apearon de un salto y comenzaron a desenrollar las voluminosas mangueras de lona, pero la suya era una tarea condenada al fracaso.
Pitt experimentó una pasmosa sensación de desilusión. La BrigadaEspecial se había creado, precisamente,para evitar esa clase de actos, pero habían cometido un atentado yno podía hacer nada que le reconfortara o fuera útil. Tampoco sabíasi estallarían más bombas.
