Me levanté temprano para hacer lo mío antes de que el equipo de filmación se presentara frente a los murales de Diego. Eran las seis de la mañana y el mes de febrero. Esperaba la oscuridad. La atendía. Pero su prolongación me enervó.

– Si quiere ir de compras, si quiere ir a un cine, el hotel tiene una limo para llevarlo y traerlo -me dijeron en la recepción.

– El centro comercial está a dos cuadras de aquí -contesté entre asombrado e irritado.

– No nos hacemos responsables -sonrió afectadamente el recepcionista. Sus facciones no eran memorables.

Si el pobre supiera que iba a ir lejos, mucho más lejos que al centro comercial. Iba a llegar, sin saberlo, al centro del infierno de la desolación. Dejé atrás, a paso veloz, el conjunto de rascacielos, reunidos como una constelación de espejos -una nueva ciudad medieval y protegida contra el asalto de los bárbaros- y me bastaron diez o doce cuadras para perderme en un páramo oscuro y calcinado de terrenos baldíos tachonados por costras de basura.

A cada paso que daba -a ciegas, debido a la oscuridad persistente, porque mi ojo único era mi cámara, porque era un Polifemo moderno con el ojo derecho pegado al monóculo de la Leica y el ojo izquierdo cerrado, ciego, con mi mano izquierda extendida como un perro policía, a tientas, con mis pies tropezando a veces, otras hundidos, en algo que no sólo se olía, no se veía-, me iba internando en una noche no sólo persistente, sino renaciente. En Detroit la noche nacía de la noche.

Solté por un instante la cámara sobre mi pecho, sentí el golpe seco sobre el diafragma -dos, el mío, el de la Leica- y refrendé mi sensación. Esto que me rodeaba no era la noche prolongada de un amanecer de invierno; no era, como la imaginación me lo daba a entender, una oscuridad naciente, compañera inquieta del día.



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