Carlos Sisi


Los Caminantes

Los Caminantes 01, 2009

A mi familia. A todos.


I

Cuando Susana se decidió por fin a regresar al apartamento, hacía un buen rato que la noche había caído. Era una noche fresca, limpia, y el aire no traía consigo nada de la pestilencia desapacible de los bordes exteriores. Solamente este detalle había inundado de buen humor el corazón de la joven, que caminaba a buen paso por los corredores inferiores del edificio.

La guardia había sido muy tranquila. Los caminantes ya rara vez se acercaban a las alambradas, aunque aún podían verse muchos en la distancia, silenciosos, arrastrando los pies en su lento pero continuo deambular. No todos andaban. Susana habría jurado que uno de ellos, situado junto al desvencijado quiosco de prensa, había estado inmóvil durante semanas enteras, con las piernas abiertas y los brazos extendidos, observando la luna con ceñuda preocupación, o el sol con manifiesta indiferencia.

En realidad, las ideas de Aranda habían tenido buen resultado. Fue él el que sugirió crear el segundo campamento base, mucho más iluminado que el primero. Siguiendo sus instrucciones, se colocaron allí varias fuentes de sonido que atraían la atención de los caminantescomo insectos a la luz. Venían en oleadas y se arremolinaban alrededor sin cejar nunca en el empeño de intentar acceder; desgarrándose la carne contra las alambradas, descomponiéndose en los lodazales ácidos, y finalmente siendo bloqueados por los muros y camiones barricada. Desde entonces, el campamento real disfrutaba de mucha más tranquilidad. Tener a los muertos acechando en el lugar equivocado tenía un efecto psicológico muy positivo sobre todos los supervivientes.



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