
Tan sólo diez minutos más tarde, mientras el juez y los policías intercambiaban documentación, el cadáver se sacudía con una arremetida tan fuerte que la loneta se deslizó a un lado. Todo el mundo se volvió para mirar. Julio lo miró con cierta fascinación; el sol bañaba su carne blanca y húmeda confiriéndole un aspecto jabonoso. Entonces, torpemente, el ahogado comenzó a incorporarse emitiendo gruñidos y ásperos cloqueos. Sus brazos temblaban, parecía que en cualquier momento iba a caerse de bruces contra la arena. Dos de los policías, saliendo por fin del estado de shock, corrieron hacia el hombre y le sujetaron de los brazos para ayudarle a sostenerse.
Pero entonces… entonces el ahogado atacó a uno de los policías con una violencia fuera de todo baremo. Lo derribó sobre la arena mientras su compañero aún intentaba determinar qué estaba pasando. Su cabeza era un martillo demoledor; subía y bajaba como en un baile enloquecedor dando dentelladas sobre la cara del policía, que intentaba protegerse con los brazos. Sin éxito, pronto sus brazos también estuvieron llenos de sangre. Finalmente, varios hombres se abalanzaron sobre el ahogado para agarrarlo. La escena estaba salpicada de gritos.
Tanto Julio como sus compañeros permanecían petrificados. La sangre salía a borbotones de uno de los agentes en el suelo, otro se agarraba un brazo con dolor. El ahogado se debatía, poseso de una demencia primigenia y brutal. Por fin, uno de los policías le encañonó con su arma y le disparó en una pierna. El falso ahogado cayó al suelo, pero de la herida no brotó sangre. La carne, hendida, era una cueva negra y ominosa; el ahogado se levantaba sin acusar dolor alguno, su mirada llena de despiadada tenacidad.
