Sonreí y le dije:

– Roby, ayer ya lo festejamos bastante bien. ¿No estás satisfecho?

– Eh, no… dije que el día de tu cumpleaños será especial. Conoces a Pino, ¿verdad?

– Sí, desde luego -respondí.

– ¿Te gusta?

Temerosa de responder algo que lo hiciera alejarse, vacilé un poco, luego decidí decir la verdad:

– Sí, mucho.

– Muy bien. Entonces vengo a recogerte pasado mañana.

– Está bien… -colgué.

Me picaba la curiosidad por esta extraña iniciativa suya. Confio en él.


3 de diciembre

4,30 de la mañana


Mi decimosexto cumpleaños. Quiero detenerme ahora y no seguir adelante. A los dieciséis años soy dueña de mis actos, pero también víctima del azar y la imprudencia.

Cuando salí a la puerta de casa advertí que, en el coche amarillo, Roberto no estaba solo. Vi el cigarro oscuro confundiéndose con las sombras y en seguida lo entendí todo.

– Podrías quedarte al menos por el día de tu cumpleaños -me había dicho mi madre antes de salir y no le había hecho caso, cerrando la puerta de entrada sin responderle.

El ángel presuntuoso me miró sonriente y yo subí fingiendo no haberme percatado de que Pino estaba detrás.

– Entonces -preguntó Roberto-, ¿no dices nada? -señalándome con la cabeza los asientos traseros.

Me volví y vi a Pino repantingado detrás, con los ojos rojos y las pupilas dilatadas. Le sonreí y le pregunté:

– ¿Has fumado?

Él dijo que sí con la cabeza y Roberto agregó:

– También se ha bebido una botella entera de aguardiente.

– Todo en orden -dije-, está bien colocado.

Las luces de la ciudad se reflejaban en las ventanillas del coche: las tiendas aún estaban abiertas y los propietarios esperan con ansia la Navidad. Parejas y familias caminaban por las aceras inconscientes de que dentro del coche estaba yo con dos hombres que me llevarían quién sabe dónde.



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