
Abatido, dio media vuelta y volvió a caminar por las calles en dirección a la puerta pintada de verde de la lavandera. Sonó su campana cuando entró tímidamente.
– ¿Tiene un rincón donde pueda sentarme, señora? -preguntó, cuando la mujer hubo aparecido para atender la llamada de la campana-. He… acabado antes de… -Su voz se ahogó en un mar de vergüenza contenida.
La mujer encogió sus robustos hombros.
– Ah, sí. Venga conmigo. Espere. -Se agachó detrás del mostrador y volvió a levantarse sosteniendo un librito del tamaño de la mano de Cazaril, con sencillas cubiertas de cuero sin teñir-. Aquí tiene su libro. Tiene suerte de que mirara en los bolsillos, o a estas alturas sería un pegote irreconocible, hágame caso.
Sobresaltado, Cazaril lo cogió. Debía de haber estado oculto entre el recio paño de la capa del difunto; no lo había sentido con las prisas al apilar las ropas en el molino. Esto debería estar en posesión del divino del Templo, con el resto de las pertenencias del muerto. Bueno, lo que está claro es que no voy a volver allí esta noche.Devolvería el libro en cuanto le fuera posible.
Por el momento, se limitó a dar las gracias a la mujer y a seguirla hasta un patio central con un pozo profundo, parecido al de su vecino de la casa de baños, donde había un caldero hirviendo al fuego y un cuarteto de muchachas frotaban y restregaban en los pilones. La dueña le indicó un banco junto a la pared y él se sentó lejos de las salpicaduras, contemplando por un momento con una especie de dicha incorpórea la plácida y afanada escena. Atrás quedaban los tiempos en que habría desdeñado poner la vista encima de un grupo de campesinas con el rostro colorado, prefiriendo reservar su atención para damas más dignas. ¿Cómo era que nunca había reparado en la belleza de las lavanderas? Fuertes y risueñas, moviéndose como si siguieran los pasos de un baile, y amables, tan amables, tan amables…
