
En tal caso, tendría que haberse producido otra muerte anoche en Baocia… Por su naturaleza, la magia de la muerte no era demasiado popular. No consentía sustitutos ni artificios en su siega de doble filo. Matar significaba morir. Cuchillo, espada, veneno, garrote, casi cualquier otro método constituía una opción mejor si quería uno sobrevivir a su propio intento de asesinato. Pero, engañados o desesperados, los hombres seguían intentándolo de vez en cuando. Este libro debía llegar a manos del divino rural, sin duda, para que hiciera entrega de él a cualquiera que fuese el superior del Templo de los dioses que terminara investigando el caso para la royeza. Cazaril frunció el ceño y se sentó, cerrando el frustrante volumen.
La calidez del vapor, el ritmo del trabajo y las voces de las mujeres, y su agotamiento lo empujaron a recostarse, a recogerse en el banco con el libro de almohada bajo su mejilla. Cerraría los ojos sólo un momento…
Se despertó sobresaltado y con tortícolis, con los dedos cerrados en torno a un inesperado trozo de lana… una de las lavanderas lo había arropado con una manta. Un involuntario suspiro de gratitud escapó de su garganta ante aquel generoso favor. Se incorporó, fijándose en la dirección de la luz. El patio estaba ahora casi en penumbra. Debía de haber dormido casi durante toda la tarde. El sonido que lo había despertado era el choque de sus botas limpias y, hasta donde era posible, lustradas, que la lavandera había soltado en el suelo. Depositó la pila de ropa doblada de Cazaril, pulcra y vergonzosa a un tiempo, en el banco junto a él.
