– ¿A propósito de qué, sir? -preguntó el sargento, educado pero sin mostrarse impresionado.

Cazaril enderezó los hombros; no sabía de qué olvidado cuarto trastero del fondo de su alma brotaba su voz, pero brotó seca e imperiosa de todos modos:

– A propósito de él, sargento.

Automáticamente, el sargento se puso firme.

– Sí, señor. -Su gesto indicó a su compañero que adoptara un aire marcial, y él hizo señas a Cazaril para que lo siguiera a través de las puertas abiertas-. Por aquí, sir. Preguntaré si el alcaide puede verlo.

A Cazaril se le encogió el corazón cuando vio el amplio patio adoquinado tras las puertas del castillo. ¿Cuántas suelas de zapato había desgastado deambulando por estas piedras haciendo recados para la suma familia? El maestre encargado de los pajes se había quejado de que el consumo de borceguíes iba a suponerles la bancarrota, hasta que la provincara, entre risas, había inquirido si no preferiría en vez de eso un paje perezoso que desgastara la culera de sus pantalones, pues en tal caso, ella podría conseguirle unos cuantos para que bregara con ellos.

Seguía regentando su casa con buen ojo y mano firme, al parecer. Las libreas de los guardias estaban en excelente estado, el empedrado de este patio estaba impecable, y los pequeños árboles desnudos, plantados en maceteros que flanqueaban las puertas principales, estaban rodeados de flores que acariciaban el pie de sus troncos, lozanas, alegres y perfectamente oportunas para la celebración del Día de la Hija que había de tener lugar mañana.

El guardia hizo un gesto a Cazaril para que aguardara sentado en un banco fijo a una pared, agradablemente cálido aún por el sol de ese día, mientras él se dirigía a la puerta que comunicaba con los aposentos del servicio y hablaba con un criado que podría, o quizá no, avisar al alcaide de que lo buscaba un desconocido. Todavía no se encontraba ni a medio camino de regresar a su puesto cuando su camarada asomó la cabeza por la puerta para anunciar:



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