– ¿Lo sientes? -dijo.

– ¿Qué?

– Mi corazón, pendejo, ¿no lo sientes latir?

Con las yemas de los dedos exploré la superficie que se me ofrecía: la blusa de lino y los pechos de Brígida enmarcados por un sostén que adiviné muy pequeño para contenerlos. Pero ni rastro de latidos.

– No siento nada -dije con una sonrisa.

– Mi corazón, buey, ¿no lo escuchas latir, no sientes cómo se rompe de a poco?

– Oye, perdona, no escucho nada.

– Cómo vas a escuchar con la mano, cabrón, sólo te pido que sientas. ¿No sienten nada tus dedos?

– La verdad… no.

– Tienes la mano helada -dijo Brígida-. Qué dedos más bonitos, cómo se nota que no has tenido que trabajar nunca.

Me sentí mirado, estudiado, taladrado. A los borrachines patibularios que estaban en la barra les había interesado la última observación de Brígida. Preferí de momento no enfrentarme a ellos y declaré que se equivocaba, que por supuesto tenía que trabajar para pagarme los estudios. Brígida ahora aprisionaba mi mano como si estuviera leyendo las líneas de mi destino. Eso me interesó y me despreocupé de los potenciales espectadores.

– No seas víbora -dijo-. Conmigo no necesitas mentir, te conozco. Eres un hijito de papá, pero tienes grandes ambiciones. Y tienes suerte. Llegarás a donde te propongas. Aunque aquí veo que te extraviarás varias veces, por culpa tuya, porque no sabes lo que quieres. Necesitas una piel que esté contigo en las buenas y en las malas. ¿Me equivoco?

– No, perfecto, sigue, sigue.

– Aquí no -dijo Brígida-. Estos mamones chismosos no tienen por qué enterarse de tu destino, ¿verdad?



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