Fiona entrecerró los ojos.

– No tengo barro en las manos. Mira. -Miranda levantó las manos para que se las inspeccionara.

– De acuerdo.

Miranda alargó la mano y cogió una cinta violeta. El satén era tan suave y delicado en sus manos que parecía mentira. Coqueta, se colocó el lazo en la cabeza.

– ¿Qué te parece?

Fiona puso los ojos en blanco.

– El violeta no, Miranda. Todo el mundo sabe que es para el pelo rubio. El color prácticamente desaparece entre el marrón. Tú no puedes llevarla.

Miranda le devolvió la cinta.

– ¿Y qué color le va al pelo castaño? ¿El verde? Mi madre tiene el pelo castaño y la he visto con cintas verdes.

– Supongo que el verde sería aceptable. Pero queda mejor con el pelo rubio. Todo queda mejor con el pelo rubio.

Miranda notó una chispa de indignación en su interior.

– Entonces, no sé qué vas a hacer, Fiona, porque tienes el pelo tan castaño como yo.

Fiona retrocedió de golpe.

– ¡No es verdad!

– ¡Sí que lo es!

– ¡No!

Miranda se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos, amenazadora.

– Pues será mejor que te mires en el espejo cuando te vayas a casa, Fiona, porque tu pelo no es rubio.

Fiona guardó la cinta violeta en la caja y cerró la tapa con rabia.

– Bueno, antes lo era, mientras que el tuyo nunca lo fue. Además, mi pelo es castaño claro, y todo el mundo sabe que es mejor que castaño oscuro, como el tuyo.

– ¡El pelo castaño oscuro no tiene nada de malo! -protestó Miranda. Sin embargo, era consciente de que la mayor parte de Inglaterra no estaría de acuerdo con ella.

– Además -añadió Fiona, con aire victorioso-, ¡tienes los labios gordos!

Miranda se llevó la mano a la boca. Sabía que no era guapa; sabía que ni siquiera la consideraban bonita. Pero nunca hasta ahora había notado nada extraño en sus labios. Miró a la otra niña, que estaba sonriendo.



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