Vili asintió cansinamente.

– Sí, siií… -murmuró.

Le tocó el turno a Chantal Porcel. Tenía cincuenta y cuatro años, y vivía con su madre. Cuando, en cierta ocasión, alguien le preguntó a su ex marido por las causas de su divorcio, él respondió refiriéndose a su suegra con las mismas palabras que en su día dijera Lady Di por televisión, conmocionando al mundo: «Éramos tres en nuestro matrimonio, y eso es mucha gente».

– Pues… -Se rebulló nerviosa en su asiento. Casi nunca sabía qué decir cuando llegaba su turno. Detestaba hablar en público. Sin embargo, era bastante parlanchina por teléfono. Y, a veces, tenía esos arranques de desvergüenza que, de cuando en cuando, se permiten los tímidos-. Yo siento pánico siempre que tengo que subirme a un avión. Rezo al poner el pie en la escalerilla. Le pido a Dios que, si tenemos un accidente aéreo, consiga que mi cadáver quede tan carbonizado que nadie pueda darse cuenta de que no he tenido tiempo de depilarme antes de subir.

Vili enarcó las cejas y rió mientras estiraba las piernas y luego cruzaba el tobillo izquierdo sobre el derecho, repantigado en su cómodo sillón de cuero rojo.

– ¿Y esto… qué tiene que ver esto con lo que venimos hablando? -inquirió Jacobo Ayala, moviendo la cabeza desconcertado.

Chantal bajó los ojos hacia el suelo, simulando buscar algo con un gesto entre azorado y miope.

– Nada, supongo -confesó-. Pero quería que lo supierais… por si sirve de algo.

Irma Salado, al igual que Chantal, también estaba divorciada, aunque sólo tenía treinta y un años y, además, últimamente había empezado a salir con un buen chico griego.

– Para sobrevivir -dijo enhebrándose en los dedos unos mechones de pelo rubio platino-, yo lo relativizo todo, ¿sabéis? Ése es el secreto: la Relatividad. Y si no, preguntádselo a Einstein.



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