

Antonio Muñoz Molina
Los misterios de Madrid
Para Elvira Lindo.
“Madrid es tan novelesco que su novela más perfecta es la de lo insucedido”.
Ramón Gómez de la Serna,
Nostalgias de Madrid
Capítulo Primero
Una cita enigmática
Daban las once de la noche en el reloj de la plaza del General Orduña, ahora de Andalucía, cuando Lorencito Quesada, corresponsal en nuestra ciudad de Singladura, el diario de la provincia, se detuvo ante la puerta de la sacristía del Salvador, en un callejón a espaldas de la plaza Vázquez de Molina, sin atreverse a golpear el llamador, aunque había luz dentro y sabía que lo estaban esperando. Tenía la sospecha de encontrarse en el umbral de una inminente gloria periodística, que hasta entonces, desde hacía no recordaba cuántos años, se le había negado tozudamente, y no por culpa suya, ni por falta de vocación ni de méritos, sino por el maleficio de esas mezquindades que son el pan de cada día en las provincias más incultas.
Comprobó que llevaba consigo su diminuto cassette Sanyo, en el bolsillo superior de su cazadora de ante, junto a la libreta de las interviews y el bolígrafo Bic, de capuchón metálico, que alguna vez serán reliquias legendarias de la pequeña historia de nuestro periodismo local. Dieron las once en la torre del Salvador y él aún no se había movido: lo perdía la falta de empuje, de esa audacia que ha sido siempre patrimonio de los grandes reporters internacionales. El viento frío de la noche de marzo traía desde lejos los redobles de tambores de las bandas que ensayaban para la Semana Santa. Casi temblando, empujó la puerta. Un hombre alto, de cabello ondulado y gris y breve barba blanca, vestido con un batín de seda, le dijo buenas noches separando apenas los labios.
