A tal punto me hunden mis palabras, como dichas por otro, por un juez que yo llevara dentro sin saberlo y se valiera de mis propios medios físicos para expresarse, que me aterro, al oírme, de lo difícil que es volver a ser hombre cuando se ha dejado de ser hombre. Entre el Yo presente y el Yo que hubiera aspirado a ser algún día se ahondaba en tinieblas el foso de los años perdidos. Parecía ahora que yo estuviera callado y el juez siguiera hablando por mi boca. En un solo cuerpo convivíamos, él y yo, sostenidos por una arquitectura oculta que era ya, en vida nuestra, en carne nuestra, presencia de nuestra muerte. En el ser que se inscribía dentro del marco barroco del espejo actuaban en este momento el Libertino y el Predicador, que son los personajes primeros de toda alegoría edificante, de toda moralidad ejemplar. Por huir del cristal, mis ojos fueron hacia la biblioteca.

Pero allí, en el rincón de los músicos renacentistas, se estampaba el lomo de becerro, junto a los volúmenes de Salmos de la Penitencia, el título como puesto adrede, de la Representazione di anima e di corpa. Hubo algo como un caer de telón, un apagarse de luces, cuando volvió un silencio que el Curador dejó alargarse en amargura. De pronto esbozó un gesto raro que me hizo pensar en un imposible poder de absolución. Se levantó lentamente y tomó el teléfono, llamando al rector de la Universidad en cuyo edificio se encontraba el Museo Organográfico. Con creciente sorpresa, sin atreverme a alzar la mirada del piso, oí grandes alabanzas de mí. Se me presentaba como el colector indicado para conseguir unas piezas que faltaban a la galería de instrumentos de aborígenes de América -todavía incompleta, a pesar de ser única ya en el mundo, por su abundancia de documentos-. Sin hacer hincapié en mi pericia, mi maestro subrayaba el hecho de que mi resistencia física, probada en una guerra, me permitiría llevar la búsqueda a regiones de un acceso harto difícil para viejos especialistas.



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