
Por la mañana, mientras mi amiga corría con los trámites consulares, fui a la Universidad, donde el Curador, levantado desde muy temprano, trabajaba en la reparación de una viola de amor, en compañía de un luthier de delantal azul. Me vio llegar sin sorpresa, mirándome por encima de sus gafas. «¡Enhorabuena!
», dijo, sin que yo supiera a ciencia cierta si quería felicitarme por mi decisión, o adivinaba que si en aquel momento podía hilar dos ideas era gracias a una droga que Mouche me había administrado al despertar. Pronto fui llevado al despacho del Rector, que me hizo firmar un contrato, dándome el dinero de mi viaje junto a un pliego donde se detallaban los puntos principales de la tarea confiada.
Algo aturdido por la rapidez del arreglo, sin tener todavía una idea muy clara de lo que me esperaba, me vi después en una larga sala desierta donde el Curador me suplicó que lo aguardara un momento, mientras iba a la Biblioteca, para saludar al Decano de la Facultad de Filosofía, recién llegado del Congreso de Amsterdam. Observé con agrado que aquella galería era un museo de reproducciones fotográficas y de vaciados en yeso, destinado a los estudiantes de Historia del Arte. De súbito, la universalidad de ciertas imágenes, una Ninfa impresionista, una familia de Manet, la misteriosa mirada de Madame Riviere, me llevó a los días ya lejanos en que había tratado de aliviar una congoja de viajero decepcionado, de peregrino frustrado por la profanación de Santos Lugares, en el mundo -casi sin ventanas- de los museos. Eran los meses en que visitaba las tiendas de artesanos, los palcos de ópera, los jardines y cementerios de las estampas románticas, antes de asistir con Goya a los combates del Dos de Mayo, o de seguirlo en el Entierro de la Sardina, cuyas máscaras inquietantes más tenían de penitentes borrachos, de mengues de auto sacramental, que de disfraces de jolgorio. Luego de un descanso entre los labriegos de Le Nain, iba a caer en pleno Renacimiento, gracias a algún retrato de condottiero, de los que cabalgan caballos más mármol que carne, entre columnas afestivadas de banderolas.
