
El progreso se reflejaba en la lisura de los céspedes, en el fausto de las embajadas, en la multiplicación de los panes y de los vinos, en el contento de los mercaderes, cuyos decanos habían alcanzado a conocer el terrible tiempo de los anofeles. Sin embargo, había algo como un polen maligno en el aire -polen duende, carcoma impalpable, moho volante- que se,ponía a actuar, de pronto, con misteriosos designios, para abrir lo cerrado y cerrar lo abierto, embrollar los cálculos, trastocar el peso de los objetos, malear lo garantizado. Una mañana, las ampolletas de suero de un hospital amanecían llenas de hongos; los aparatos de precisión se desajustaban; ciertos licores empezaban a burbujear dentro de las botellas; el Rubens del Museo Nacional era mordido por un parásito desconocido que desafiaba los ácidos; la gente se lanzaba a las ventanillas de un banco en que nada había ocurrido; llevada al pánico por los decires de una negra vieja que la policía buscaba en vano. Cuando esas cosas ocurrían, una sola explicación era aceptada por buena entre los que estaban en los secretos de la ciudad: «¡Es el Gusano!» Nadie había visto al Gusano. Pero el Gusano existía, entregado a sus artes de confusión, surgiendo donde menos se le esperaba, para desconcertar la más probada experiencia. Por lo demás, las lluvias de rayos en tormenta seca eran frecuentes y, cada diez años, centenares de casas eran derribadas por un ciclón que iniciaba su danza circular en algún lugar del Océano. Como ya volábamos muy bajo, enfilando la pista de aterrizaje, pregunté a mi compañero por aquella casa tan vasta y amable, toda rodeada de jardines en terrazas, cuyas estatuas y surtidores descendían hasta la orilla del mar. Supe que allí vivía el nuevo Presidente de la República, y que, por muy pocos días, me había faltado de asistir a los festejos populares, con desfiles de moros y romanos, que acompañaran su solemne investidura.