

Ayn Rand
Los que vivimos
Título del original inglés, We the living
Traducción, Fernando Acevedo Cubierta, Cobos
Primera parte
Capítulo primero
Petrogrado olía a ácido fénico.
Una bandera de un rosa grisáceo, que en otro tiempo había sido roja, ondeaba en medio del armazón de hierro. Altas vigas se elevaban hasta un techo de claraboyas, gris como el mismo hierro a causa del polvo acumulado durante tantos años. En algunos puntos la claraboya estaba rota, horadada por golpes ya olvidados, y las agudas aristas se erguían sobre un cielo tan gris como la claraboya. La bandera terminaba, por abajo, en una franja de telarañas, debajo de la cual figuraba un gran reloj de estación de ferrocarril, con sus números negros sobre un cuadrante amarillo sin cristal. Debajo del reloj, un montón de caras pálidas y de gabanes grasientos aguardaba el tren.
Kira Argounova entraba en Petrogrado erguida, inmóvil, de pie junto a la puerta de un vagón de ganado con la elegante indiferencia del viajero de un trasatlántico de lujo. Llevaba un viejo vestido de color azul turquí, sus finas piernas bronceadas estaban desnudas, un raído pañuelo de seda le ceñía el cuello y un gorro de punto con una borla amarilla clara le protegía los cabellos. Su boca era serena, sus ojos ligeramente dilatados, su mirada incrédula, arrobada por la solemne espera, como la de un guerrero que va a entrar en una ciudad extranjera y no sabe todavía si va a hacerlo como conquistador o como prisionero.
Los vagones que iban entrando bajo la cubierta rebosaban de seres humanos y de fardos: fardos envueltos en sábanas, periódicos, sacos de harina, seres humanos enfardados en abrigos y chales harapientos. Los fardos, que habían servido de camas, habían perdido toda forma, y el polvo había surcado la piel árida y agrietada de rostros que habían perdido toda expresión.
