La mesita era el lugar más destacado del compartimiento y Kira el punto de mira de la atención general. Un joven oficial de los soviets consideraba apreciativamente la línea de su cuerpo que se dibujaba sobre el fondo claro de la ventana sin cristal: una gruesa señora cubierta de pieles observaba indignada la actitud desafiadora de aquella muchacha que hacía pensar en una bailarina de café concierto empinada en el taburete de un bar entre copas de champaña; sin embargo, la bailarina tenía un rostro tan severo y arrogante que tal vez -pensó la señora- parecía mejor estar sobre un pedestal que sobre una mesa de café concierto. Durante largas millas, los viajeros de aquel coche habían visto desfilar ante sus ojos los campos y las llanuras de Rusia, como fondo a un altivo perfil que se destacaba de una masa de negros cabellos que el viento se llevaba hacia atrás, dejando libre una despejada frente.

Por falta de espacio, los pies de Kira reposaban sobre las rodillas de su padre. Alexander Dimitrievitch Argounov, fatigado, acurrucado en su rincón, con las manos cruzadas sobre el estómago, semicerrados los ojos hinchados y enrojecidos, dormitaba, y sólo de vez en cuando se desvelaba con un suspiro, al darse cuenta de que tenía la boca abierta y caída.

Llevaba un gabán remendado de color caqui, altas botas de campesino con tacones gastados y una camisa de tela gruesa que, del revés, llevaba todavía impresas las palabras "Patatas de Ucrania". Este no era un disfraz intencionado, sino todo cuanto poseía Alexander Dimitrievitch. Y aun así, éste estaba más preocupado por el temor de que alguien se diera cuenta de que la montura de sus gafas era de oro auténtico.

Apoyado en su brazo, Galina Petrovna, su esposa, se esforzaba en mantener erguido el cuerpo y el libro a la altura de la nariz. En la lucha por un sitio, cuando sus esfuerzos hubieron conquistado para la familia la subida a aquel coche, había podido salvar el libro, pero había perdido todas las horquillas.



3 из 535