
Hace falta explorar este mundo nuevo, al que han bautizado con el nombre de Telus, y es entonces cuando surgen los descubrimientos más sorprendentes. Hay seres que piensan en Telus y que tienen unas costumbres y una lengua; un espíritu hasta cierto punto análogo al nuestro y un aspecto completamente distinto. Hay también monstruos de pesadilla que recuerdan los prehistóricos mastodontes.
Lo que Francis Carsac nos cuenta es precisamente la historia de este descubrimiento progresivo de un planeta al mismo tiempo que el establecimiento de una civilización. Es una humanidad que tiene que empezar de nuevo, pero no desde el principio, es decir, como náufragos que, después de un naufragio, logran salvarse en una isla desierta a la que llegan sin nada, sino partiendo ya de una comunidad social pequeña, pero completa. Son trescientos kilómetros cuadrados del suelo de Francia injertados, por decirlo así, en un astro desconocido.
Francis Carsac hace gala en esta obra de sus extraordinarios dotes de novelista. Al encanto de la aventura en sí, une esta gracia tan francesa en el saber narrarla. Maestro en la técnica de la novela, os cautivará desde el principio, y estoy seguro de que, como yo, sentiréis en seguida una gran simpatía por este viejo, que en su juventud fue quizás el primer héroe de la gesta de esta parte de humanidad perdida por el espacio y que, al final de su vida, siente la necesidad de escribir su historia para lección ti solaz de sus nietos y siente todavía un poco la nostalgia de la antigua Tierra, abandonada para siempre y que sus descendientes no habrán conocido nunca. Mientras dicta a su nieto, al mirar por la ventana ondular los trigales bajo el viento, por un momento le parece haber vuelto a su tierra natal, hasta el momento en que se da cuenta de que los árboles tienen dos sombras. Telus tiene dos soles y vosotros, amigos lectores, tendréis el gusto de leer uno de los mejores libros de fantasía científica escrito por un autor francés.
