
Al dictar, contemplo por la ventana cómo ondula el trigo bajo el viento, y me parece, por un momento, estar de vuelta en mi Tierra natal, hasta que me doy cuenta de que los árboles tienen dos sombras…
PRIMERA PARTE — EL CATACLISMO
I — LOS SIGNOS PRECURSORES
Ante todo, quién soy yo. Para vosotros, mis inmediatos descendientes, las precisiones son inútiles. Pero muy pronto vuestros hijos, y los hijos de vuestros hijos, olvidarán incluso mi existencia. ¡Cuan pocas cosas recuerdo de mi abuelo!
Era el mes de julio de 1975, cuando terminé mi primer año como ayudante en el laboratorio de Geología en la Facultad de Ciencias de Burdeos, una ciudad de la Tierra. Tenía entonces veintitrés años y, sin ser un Adonis, era un joven de buena presencia. Si mi estatura, ahora reducida por la edad, me empequeñece en este mundo de jóvenes gigantes, en la Tierra mis anchas espaldas y mi 1,83 m. imponían. ¡Para vosotros 1,83 m. no es más que una talla mediana! Si queréis conocer mi antiguo aspecto, contemplad a Juan, el mayor de mis nietos. Yo era, como él, moreno, de grandes manos, nariz acusada y ojos verdes. Estaba muy contento de mi nombramiento. Así, había vuelto al mismo laboratorio, donde años antes dibujaba mis primeros fósiles. Ahora, en cambio, me divertía con los errores de los estudiantes al confundir formas próximas, que una vista habituada distinguía inmediatamente.
Llegado el mes de julio, y habiendo terminado los exámenes, me disponía, con mi hermano Pablo, a pasar unas vacaciones en casa de nuestro tío Pedro Bournat, director del observatorio últimamente construido en los Alpes, cuyo espejo gigante de 5,5 m.
