Recordé la escena surrealista de aquel día. Los gritos, la nube de humo que quedó después del tiroteo. La gente estaba en el suelo y yo no sabía si les habían alcanzado o simplemente se habían tumbado para protegerse. Nadie se levantó ni siquiera cuando ya hacía mucho que la furgoneta había huido.

Leí por encima un artículo adjunto que se centraba en lo inusual que resultaba la utilización de dinero real -y una suma tan significativa- en un escenario de rodaje, al margen de las precauciones que se tomaran. El artículo explicaba que el efectivo ocupaba cuatro sacas y apuntaba correctamente que era poco probable que un encuadre de cámara pudiera contener alguna vez dos millones de dólares. Aun así, los productores accedieron a la exigencia del director de disponer de dos millones en aras de la verosimilitud. Fuentes de Hollywood que prefirieron mantenerse en el anonimato dieron a entender que no se trataba del dinero, ni de la verosimilitud, ni siquiera del arte. Era simplemente una prueba de fuerza. Wolfgang Haus lo hizo porque podía. El director acababa de rodar dos filmes que habían recaudado más de doscientos millones de dólares cada uno. En sólo cuatro años había pasado de dirigir películas independientes de bajo presupuesto a ser uno de los realizadores más poderosos de Hollywood. Al exigir la disponibilidad de esos dos millones de dólares en efectivo para el rodaje de escenas bastante rutinarias estaba ejercitando su nueva musculatura. Tenía el poder de pedir y obtener los dos millones. Era una historia más del ego en Hollywood, sólo que esta vez con asesinatos de por medio.



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