
Divagaciones. Ya no importaba. Doblé los recortes y los aparté. Pensé en la caravana en la que estaba cuando empezó todo. Los artículos de diario eran sólo un borrador, tan distante como una vista aérea, como tratar de imaginar Vietnam en 1967 viendo las noticias de Walter Cronkite en la CBS. Los reportajes no transmitían la confusión, el olor de la sangre y el miedo, la abrasadora inyección de adrenalina vertiéndose en las venas como los paracaidistas que se deslizaban por las rampas de un C-130 sobre territorio hostil: «¡Vamos, vamos, vamos!»
La caravana estaba aparcada en Selma. Yo estaba hablando con Haus, el director, acerca de Angella Benton. Buscaba algo a lo que agarrarme. Estaba obsesionado con sus manos y de repente en aquella caravana pensé que tal vez las manos habían formado parte de la representación de la escena del crimen. La representación de un director. Estaba presionando a Haus, arrinconándolo, tratando de averiguar qué había hecho la noche en cuestión. Y entonces alguien llamó a la puerta y todo cambió.
– Wolfgang -dijo un hombre tocado con una gorra de béisbol-, el furgón blindado está aquí con el dinero.
Miré a Haus.
– ¿Qué dinero?
Y entonces, instintivamente, supe lo que iba a suceder.
Contemplo el recuerdo y lo veo todo a cámara lenta. Veo todos los movimientos, todos los detalles. Salí de la caravana del director y vi el furgón blindado rojo en medio de la calle, dos casas más allá. La puerta de atrás estaba abierta y un hombre de uniforme situado en el interior del vehículo les iba pasando las sacas a dos hombres que había en el suelo. Dos hombres de traje, uno mucho mayor que el otro, observaban desde cerca.
