Apenas tenía veintisiete años la tarde que desembarcó al tibio ardor de un aire que reconoció como a su alma. El puerto de Veracruz era pariente de sus islas y lo bendijo aunque su tierra fuera oscura y sus aguas turbias. Con no mirar al suelo, pensó, bastaría para sentirse de vuelta.

Caminando de prisa se metió al puerto que hacía un ruido desordenado y caliente. Fue hasta la plaza y entró en un hostal bullicioso. Olía a café recién tostado y a pan nuevo, a tabaco y a perfume de anís. Al fondo de aquel escándalo tibio, entre la gente que hablaba muy rápido y los meseros que iban y venían como empujados por un viento continuo, estaban, sin más, los ojos de Josefa Veytia.

Diego llevaba mucho tiempo de perseguir su destino como para no saber que lo estaba encontrando. Había caminado todos esos años, por todo ese mundo, para que la vida le diera la vuelta y le devolviera su futuro en el mismo meridiano en que le arrebató el pasado, así que se acercó a titubear hasta la mesa de aquella mujer.

Josefa Veytia había ido a Veracruz desde Puebla, con su madre y su hermana Milagros, a esperar un barco procedente de España en el que debía llegar su tío, Miguel Veytia, un hermano menor de su padre, con quien éste había tenido la bienafortunada idea de encargar a su familia, antes de traicionarla muriéndose cuando Josefa tenía doce años, Milagros diecisiete y la madre de ambas esa edad ambigua y eterna en que se instalaban las mujeres cuando querían dejar de serlo.

El tío Miguel Veytia vivía medio año en Barcelona y medio en Puebla. En cada uno de los dos lugares dedicaba buena parte de su tiempo a hablar de los negocios y complicaciones que tenía en el otro. Su vida era pacífica y placentera como un domingo permanente. El lunes estaba siempre al otro lado del mar.



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