
Los chicos salían y Paola guardaba papeles y libros en la cartera. Los desengaños de su profesión ya no la amargaban tanto como años atrás, cuando descubrió lo incomprensible que era para sus alumnos lo que ella decía y, probablemente, lo que pensaba. Durante su séptimo año de docencia, hizo una alusión a la llíada que suscitó la perplejidad general, y entonces descubrió que únicamente uno de los alumnos la había leído, pero tampoco él era capaz de comprender el concepto de la conducta heroica. Los troyanos habían perdido, ¿no? ¿A quién le importaba cómo se comportara Héctor?
– Tiempos desquiciados… -susurró para sí, y tuvo un ligero sobresalto al darse cuenta de que a su lado había alguien, una estudiante, que debía de estar pensando que su profesora estaba loca.
– ¿Sí, Claudia? -preguntó casi segura de que ése era el nombre de aquella muchacha bajita, de cabello y ojos oscuros y una piel tan blanca como si nunca le hubiera dado el sol. Ya estaba en la clase de Paola el curso anterior. Hablaba poco, tomaba muchas notas y había hecho un buen examen. Paola tenía la impresión de que era una muchacha inteligente a la que la timidez impedía destacar.
– Me preguntaba si podría hablar con usted, professoressa -dijo la muchacha.
Recordando que sólo con sus propios hijos podía permitirse ser mordaz, Paola se abstuvo de preguntar si no era eso lo que ya estaban haciendo, cerró la cartera, se volvió hacia la joven y lo que preguntó fue:
– Desde luego. ¿Sobre qué? ¿Wharton?
– Bueno, en cierto modo, professoressa, pero en realidad, no.
Nuevamente, Paola tuvo que reprimir la primera frase que acudió a los labios, la de que tenía que ser o lo uno o lo otro.
