– Bueno, en realidad, es sobre su esposo, professoressa.

Paola, sorprendida, no pudo sino repetir:

– ¿Mi esposo?

– Sí. Es policía, ¿no?

– Sí, policía.

– Pues me gustaría saber si podría preguntarle una cosa por mí, bueno, es decir, por mi abuela.

– Por supuesto. ¿Qué quiere que le pregunte?

– Si sabe algo de perdones.

– ¿Perdones?

– Sí. Perdones de delitos.

– ¿Quiere decir una amnistía?

– No; eso es lo que da el Gobierno cuando las cárceles están muy llenas y resulta demasiado caro tener allí a toda la gente. Los sueltan y dicen que es para celebrar algo especial o qué sé yo. Pero no me refiero a eso sino a un perdón oficial, una declaración formal del Estado de que una persona no fue culpable de un delito.

Mientras hablaban, habían ido bajando la escalera desde la cuarta planta, muy lentamente, pero entonces Paola se paró.

– Me parece que yo no entiendo mucho de eso, Claudia.

– Me hago cargo, professoressa. Pero fui a ver a un abogado, que me pedía cinco millones de liras para darme una respuesta, y entonces me acordé de que su esposo es policía y pensé que quizá él pudiera decírmelo.

Paola hizo un rápido gesto de asentimiento para indicar que había comprendido.

– ¿Puede decirme qué es exactamente lo que quiere que le pregunte, Claudia?

– Si existe algún procedimiento legal para otorgar a una persona que ha muerto el perdón por algo por lo que fue procesada.

– ¿Sólo procesada?

– Sí.

Ya empezaban a avistarse los límites de la paciencia de Paola cuando preguntó:

– ¿Ni condenada ni encarcelada?

– En realidad no. Es decir, condenada pero no encarcelada.

Paola sonrió y puso una mano en el brazo de la muchacha.

– Me parece que esto no lo entiendo. ¿Condenada pero no encarcelada? ¿Cómo es posible?



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