
Pero aquellos ojos no habían cambiado en absoluto. Azules y afilados, podían cortar con una sola mirada fría, como bien sabía Philip. Mechones grises le cubrían las sienes, pero su pelo de ébano seguía siendo espeso. Parecía una versión más pálida, vieja y cansada del hombre sano que había sido una década antes. Un hombre con el que Philip había compartido poco más que silencio y tensión desde el día en que murió la madre de Philip -una situación de lo más dolorosa, ya que él y su padre habían tenido una relación cálida y amistosa antes de la muerte de su madre. Un hombre que había hecho un trato con Philip, un trato que le había dado la oportunidad de perseguir su sueño, aunque solo fuera hasta que «algún día»… se le pidiera una sola cosa a cambio.
El padre de Philip no había reaccionado bien cuando supo que se trataba de la única cosa que este no podía concederle.
Su padre caminó lentamente hacia él, observando cada uno de los detalles del aspecto de Philip. Se detuvo cuando solo los separaban un par de pasos. Un montón de recuerdos asaltaron a Philip como un torrente de imágenes que cruzaran por su mente, y acabaron, como siempre sucedía cuando pensaba en su padre, con aquellas frías palabras de condena: «Un hombre sólo vale lo que vale su palabra, Philip. Si hubieras mantenido la tuya, tu madre no habría…».
– La ceremonia está a punto de empezar -dijo su padre con una expresión indefinible.
– Lo sé.
– Desgraciadamente, la novia no ha llegado todavía.
– Ya lo veo. -«Gracias a Dios», pensó.
– Has hablado con ella. -Estas palabras eran una aseveración, más que una pregunta.
