– Aparte de eso. Dice que ya lo ha leído.

– ¿Que ha leído qué cosa?

– Lo que pensás hacer.

– Lo que pensamos hacer.

El mozo se apartó desalentado pero a los dos pasos volvió:

– ¿Por qué han dicho que ya lo habían leído?

Etchenaik se sobó las patillas grises.

– Están llenos de literatura… -sonrió para sí-. Piensan en el Quijote, tal vez. Pero tendrían que leerlo de nuevo.

– No entiendo.

– Ellos tampoco. No te preocupes, Tony. -Etchenaik dejó de escribir y hacer números, levantó la mirada y lo encaró-. Vendí la casa de Flores y alquilé la oficina en el centro. Tengo guita para un año, tu sueldo incluido.

El gallego meneó la cabeza. No podía creer eso.

– ¿Vendiste la casa?

– Demasiadas habitaciones, demasiados recuerdos… ¿Para qué? Tené en cuenta que estoy solo, Tony.

El mozo miró por la ventana, habló mirando a través del cristal.

– ¿Y por qué me elegís a mí? -dijo en un hilo de voz.

Lorenzo Etchenique, jubilado clase 1912, viudo desde que se acordaba, no contestó en seguida. Esperó que el otro volviera manso, semientregado de la ventana.

– Porque estás solo también, Tony. Por eso.

García asintió desde el fondo de las cejas, levemente.

– No va a durar -dijo.

– Lo que dura demasiado no sirve. O se pudre o es aburrido o se convierte en costumbre. No sirve.

El veterano del piloto nuevo se empinó la ginebra, suspiró:

– Ahora salís y nos vamos juntos. Colgás la bandeja para siempre. En la oficina hay lugar para los dos. Así de simple: el doble de lo que te pagan estos turros.

El otro meneó la cabeza.

– Te crees que es fácil. Pero no para mí. Ni siquiera sé manejar un arma y…

– A vos te van a enterrar con la bandeja y la rejilla en las manos -interrumpió Etchenaik, ya parado junto a la mesa-. Creí que además de porteros y mozos había salido algún torero de su tierra, gallego amargo.



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