
El comunicador sonó. Max Perry no le prestó atención. Estaba sentado en su silla reclinada, mirando el cielo raso. Birdie sacudió su gastada chaqueta blanca, se inclinó hacia delante y leyó el brillante indicador.
Birdie hizo una mueca. El mensaje no colaboraría para mejorar el humor de Max Perry.
—El capitán Rebka se encuentra más cerca de lo que pensábamos, señor —le dijo—. En realidad abandonó Estrellado hace horas. Su coche aéreo debe de estar a punto de aterrizar en unos pocos minutos.
—Gracias, Birdie. —Perry no se movió—. Solicite que nos mantengan al tanto de las novedades.
—Lo haré, comandante. —Kelly sabía que había sido despedido por el momento, pero hizo como si no lo supiera—. Antes de que llegue el capitán Rebka debería echarle un vistazo a esto, señor. Lo más pronto que le sea posible.
Kelly apoyó una carpeta sobre la mesa de junquillos trenzados que había entre ellos. Luego volvió a reclinarse en su silla y aguardó. En su actual estado de ánimo, Max Perry no podía ser presionado.
Él techo de la habitación era transparente y se asomaba directamente al cielo de Ópalo, que como de costumbre estaba nublado. El emplazamiento había sido escogido con gran cuidado. Estaba cerca del centro de Sísmico, en una región donde las pautas de circulación atmosférica aumentaban la probabilidad de áreas despejadas. En ese momento había una breve apertura en las nubes, por la que se veía Sismo. Con su superficie a sólo doce mil kilómetros del punto más cercano de Ópalo, la esfera reseca ocupaba más de treinta y cinco grados del cielo como un gran fruto, gris violáceo y extremadamente maduro, suspendido como a punto de caer. Aunque desde aquella distancia parecía apacible, el oscuro limbo del planeta ya mostraba los contornos suaves que revelaban las borrascas de polvo.
