
Era tan evidente… Pero Nadia sacudió la cabeza, negando Ann no imaginaba qué.
Sax carraspeó y con su viejo estilo de tabla periódica dijo:
—Si podemos derribarlo, entonces en efecto es como si ya lo hubiéramos hecho —y parpadeó repetidamente. Y de pronto, sentado junto a ella hubo un fantasma, la voz de la terraformación, el enemigo frente al cual había perdido una y otra vez… el antiguo yo de Saxifrage Russell, el mismo de siempre. Y lo único que ella podía hacer era exponer los argumentos que siempre había expuesto, los argumentos perdedores, sintiendo la insuficiencia de las palabras que pronunciaba.
A pesar de todo, lo intentó:
—La gente actúa según lo que ve, Sax. Los directivos de las metanacionales mirarán y verán lo que hay aquí, y actuarán en consecuencia. Si el cable no está, en este momento no tienen ni los recursos ni el tiempo para volver a entrometerse en nuestros asuntos. Si el cable sigue en su sitio, pensarán: bien, podríamos hacerlo. Y habrá gente deseando intentarlo.
—Siempre pueden venir. El cable sólo sirve para ahorrar combustible.
—Un ahorro de combustible que hace posible la transferencia masiva. Pero Sax había vuelto a sumirse en sus pensamientos y era de nuevo un extraño. Pocos le prestaban atención el tiempo suficiente. Nadia hablaba de control de la órbita y salvoconductos y quién sabía qué más.
El Sax extraño interrumpió a Nadia, sin haberla escuchado siquiera, y dijo:
—Hemos prometido… ayudarles a salir del apuro.
—¿Enviándoles más metales? —dijo Ann—. ¿De verdad los necesitan?
—Podríamos… acoger gente. Tal vez ayudaría. Ann negó con la cabeza.
—Nunca acogeríamos la cantidad suficiente.
