Nadie debía perder el tiempo sintiendo remordimientos, ni siquiera considerando que se aprovechaban de la situación. Era mejor sacar lo que de bueno hubiera del caos y el desorden, y no preocuparse. Todo eso decía el rostro de Sax mientras discutían sobre lo que debían hacer respecto a la Tierra y sugería que enviaran una delegación. Una misión diplomática, la aparición en persona, algo sobre reunir las cosas; incoherente en la superficie, pero ella podía leerle el pensamiento como a un hermano, ¡su viejo enemigo! Bien, Sax —el viejo Sax al menos— era racional, y por tanto era más fácil comprenderlo; más fácil que con los jóvenes fanáticos del Kakaze, ahora que lo pensaba.

Y sólo podía encontrarse con él en su propio terreno, hablarle en sus propios términos. Por eso Ann se sentaba frente a él en las reuniones y trataba de concentrarse, aunque sentía que la mente se le estaba petrificando en el interior del cráneo. Las discusiones se repetían hasta la saciedad. ¿Qué hacer en Pavonis? Pavonis Mons, la Montaña del Pavo Real. ¿Quién ascendería al Trono del Pavo Real? Había muchos shas potenciales: Peter, Nirgal, Jackie, Zeyk, Kasei, Maya, Nadia, Mijail, Ariadne, la invisible Hiroko… demasiados.

En ese momento, alguien invocaba la conferencia de Dorsa Brevia como el marco de discusión al que debían ceñirse. Todo muy encomiable, pero sin Hiroko les faltaba el centro moral; ella era la única persona en toda la historia marciana, aparte de John Boone, ante la cual todo el mundo cedería. Pero Hiroko y John ya no estaban, ni tampoco Arkadi y Frank, que le habría sido muy útil en aquella coyuntura si hubiera estado de su lado, cosa poco menos que imposible. Todos muertos. Y les habían dejado la anarquía. Era curioso comprobar de qué modo, en una mesa atestada, las ausencias eran más notables que las presencias. Hiroko, por ejemplo; la gente la mencionaba con frecuencia, y sin duda estaba en algún lugar de las tierras interiores; los había abandonado, como de costumbre, en la hora de necesidad.



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