
Ese día en especial está previsto que vayamos en bicicleta, aunque en realidad sólo me limito a ir en triciclo alrededor del sendero que rodea el jardín. Mientras pedaleo con dificultad por la parte posterior del pequeño jardín, un niño de mi edad -a pesar de que no recuerdo su nombre-se saca la colita y se pone a orinar encima del césped. Sobreviene una crisis y después de pegarle una gran reprimenda al malhechor, lo mandan directo a casa.
En ese momento empieza la música; los dos estudiantes que siguen allí después de haber mandado al niño a casa no tienen ni la más remota idea de lo que estamos escuchando. No obstante, yo quiero dirigirme hacia ese sonido e insisto con una firmeza tan poco habitual que uno de los estudiantes -creo que es una chica italiana, porque a pesar de tener un corazón muy grande no habla muy bien inglés-me dice que me ayudará a averiguar de dónde procede el sonido. Y así lo hacemos hasta que llegamos a Peabody House y a la señorita Orr.
Cuando la estudiante y yo entramos en la sala de estar, la señorita Orr no está ni tocando, ni haciendo ver que toca ni llorando. Sencillamente está dando clases de música. Después me entero de que siempre finaliza sus clases poniendo una obra musical en el tocadiscos para que su alumno la escuche. Ese día suena el concierto de Brahms.
Desea saber si me gusta la música.
No tengo respuesta. No sé si me gusta ni si lo que siento es afición o cualquier otra cosa. Lo único que sé es que quiero ser capaz de producir esos sonidos. Pero soy tímido y no digo nada, y lo único que consigo hacer es esconderme detrás de las piernas de la chica italiana hasta que ésta me coge de la mano, pide disculpas con su inglés chapurreado y me lleva de nuevo al jardín.
Eso es la realidad.
Estoy seguro de que quiere saber cómo puede ser que esos comienzos tan poco propicios en el mundo musical se convirtieran en la Leyenda de Gideon. En otras palabras, cómo puede ser que el arma desechada y -¿cómo podríamos explicarlo?-destinada a acumular depósitos de cal en una cueva se convirtiera en Excalibur, en la Espada de la Piedra. Sólo puedo hacer conjeturas, ya que la leyenda es una invención de mi padre, no mía.
