«Quiere hacer música, maldita sea -le grita mi abuelo a mi padre cuando hablan del tema-. El niño es un artista de verdad, Dick, y si eres incapaz de ver lo que tienes delante de tus mismísimas narices, ni tienes cerebro ni eres hijo mío. ¿Alimentarías a un purasangre con comida para cerdos? Creo que no, Richard.»

Quizá mi padre acabe cooperando por miedo, miedo a que mi abuelo sufra otro episodio si él no consiente en su plan. Además, mi abuelo se encarga bien pronto de hacerlo manifiesto: vivimos en Kensington, no muy lejos del Royal College of Music, y es allí donde podrán encontrar a un profesor de violín adecuado para su nieto Gideon.

Así es como mi abuelo se convierte en mi salvador y en el portavoz de mis sueños ocultos. Así es como Raphael Robson entra en mi vida.


22 de agosto


Tengo cuatro años y seis meses de edad, y aunque ahora sé que en aquella época Raphael debía de tener tan sólo unos treinta años, para mí es una figura distante y temible, y que disfruta de mi obediencia más absoluta desde el primer momento en que nos conocemos.

No es una figura agradable de ver. Suda copiosamente. Le veo el cráneo a través de su pelo ralo de bebé. Tiene la piel del mismo tono blanquecino que los peces de río y está llena de manchas por haber pasado demasiado tiempo al sol. Pero cuando Raphael coge el violín y empieza a tocar para mí -porque es así como nos presentamos-la apariencia que pueda tener pierde toda importancia, y me convierto en barro para que me pueda moldear. Escoge el Concierto en mi Menor de Mendelssohn, y entrega su cuerpo entero a la música.

No toca notas, sino que existe entre los sonidos. Los fuegos artificiales de alegro que produce con su instrumento me hipnotizan. En un instante se ha transformado. Ya no es el hombre sudoroso con manchas en la piel y que toma pastillas para la tos, sino Merlín, y quiero su magia para mí.



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