
Así pues, a las nueve en punto de una noche lluviosa de noviembre, Ted Wiley le puso el collar a su viejo perro perdiguero y decidió que le iría bien un paseo. Le dijo al perro -cuya artritis y aversión a la lluvia hacía que no fuera el más colaborador de los paseantes-que llegarían hasta el final de Friday Street, que avanzarían unos metros más allá por Albert Road, y que si por casualidad se encontraban a Eugenie saliendo del Club para Mayores de 6o Años -donde el Comité de Gala de la Fiesta de Nochevieja aún estaba reunido para decidir el menú de los festejos venideros- sería simplemente eso: una coincidencia y una oportunidad casual para hablar un rato. Era obvio que todos los perros necesitaban dar un paseo antes de ir a dormir. Nadie podía discutírselo ni acusarle de nada.
El perro -bautizado ridículamente, aunque con cariño, con el nombre de Bebé Precioso por la difunta esposa de Ted, y llamado BP por éste-se detuvo ante la puerta y parpadeó mientras contemplaba la calle; la lluvia de otoño caía a ráfagas continuas que presagiaban una tormenta larga y fría. Empezó a ponerse en posición de cuclillas, y habría conseguido sentarse en esa posición si Ted no le hubiera arrastrado hasta la acera con la desesperación de un hombre que no piensa permitir que le frustren los planes.
«Vamos, BP», le ordenó, a medida que tiraba de la correa para que el collar le tensara el cuello. El perro reconoció tanto el tono como el gesto. Con un suspiro bronquítico que llenó el húmedo aire de la noche con una ráfaga de aliento perruno, el perro avanzó, desconsolado y con dificultad, hacia la lluvia.
El tiempo era horroroso, pero él no podía hacer nada por cambiarlo.
