Él era el hombre adecuado para Eugenie: el hombre que la protegería y que la devolvería a la vida, porque todas aquellas cosas que habían quedado por decir durante esos tres años demostraban hasta qué punto Eugenie se había estado negando a sí misma la posibilidad de relacionarse con hombres. Aun así, esa negativa se había manifestado abiertamente la primera vez que él la había invitado a tomar una copa de jerez en el Catherine Wheel.

«¿Por qué hace años que no sale con ningún hombre?», se había preguntado Ted Wiley al ver la reacción de aturdimiento que había tenido al oír su invitación.

Ahora quizá lo supiera. Tenía secretos para él, eso era. «Tengo que contarte algo importante, Ted. Pecados por confesar», le había dicho. Pecados.

Bien, no se le ocurría un momento mejor que el presente para oír lo que Eugenie tenía que contarle.

Ted esperó a que el semáforo del final de Friday Street cambiara de color, con BP temblando junto a él. Duke Street era la carretera principal en dirección a Reading o Marlow y, como tal, estaba repleta de todo tipo de vehículos que cruzaban la ciudad con estruendo. Una noche lluviosa como ésa no hacía que el tráfico disminuyera, ya que, tristemente, la sociedad cada vez confiaba más en los coches y, lo que era peor, estaba deseosa de llevar un estilo de vida que implicara trabajar en la ciudad y vivir en el campo. En consecuencia, incluso a las nueve de la noche, coches y camiones avanzaban entre los charcos de la carretera mojada, mientras sus faros formaban abanicos de colores rojizos que se reflejaban en las ventanas y en los remansos de agua estancada.

«Demasiada gente yendo a demasiados sitios», pensó Ted de mal humor. Demasiada gente que no tiene la más remota idea de por qué se toma la vida con tanta prisa.

El semáforo cambió de color; Ted cruzó la calle y recorrió la pequeña distancia que lo separaba de Grey Road con BP avanzando a trompicones junto a él. A pesar de que no habían andado ni siquiera cuatrocientos metros, el viejo perro no paraba de jadear, por lo que Ted se detuvo junto a la entrada de Antigüedades Mirabelle para que el pobre perro pudiera recobrar el aliento. Le tranquilizó diciéndole que estaban a punto de llegar y que estaba seguro de que era capaz de avanzar unos metros más hasta llegar a Albert Road.



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