
Se estaba acercando a ese coche precisamente, al lugar en el que lo había dejado por la mañana: un aparcamiento privado que estaba al otro lado de la calle junto a la clínica en la que pasaba sus días. Mientras se detenía en la acera para cruzar, se percató de que respirar le costaba más de lo habitual. Apoyó la mano en una farola y sintió cómo el corazón pugnaba por seguir funcionando.
Quizá debería considerar el programa de pérdida de peso que le había sugerido el médico, pensó. Sin embargo, tan sólo un segundo después, descartó la idea. ¿Para qué estaba la vida sino para disfrutarla?
Una ligera brisa se levantó y le apartó el pelo del rostro. Sintió cómo le refrescaba la nuca. Lo único que necesitaba era descansar un momento. Cuando recobrara el aliento, se sentiría tan bien como de costumbre.
Permaneció en pie y escuchó el silencioso barrio. Era comercial y residencial a la vez: constaba de pequeños negocios que ya estaban cerrados a esas horas y de casas que ya hacía tiempo que se habían convertido en pisos, y en cuyas ventanas ya se habían corrido las cortinas para protegerse de la noche.
«¡Qué extraño!», pensó. Nunca se había dado cuenta de la tranquilidad y del vacío que reinaba en esas calles cuando ya había caído la noche. Miró a su alrededor y se percató de que en un lugar como aquél podría suceder cualquier cosa -tanto buena como mala-y que si alguien llegaba a presenciarlo sería tan solo fruto de la casualidad.
Un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Más le valdría seguir avanzando. Bajó de la acera y empezó a cruzar.
No vio el coche del final de la calle hasta que éste encendió las luces y la cegó. Se precipitó hacia ella emitiendo un sonido parecido al bramido de un toro.
