De pie en medio del frío, tiritando y temblando, y con nuestro coche pulverizado como si un gigante juguetón lo hubiera retorcido con las manos y lo hubiera dejado caer, lo que más queríamos era ir a casa.

Nos preguntaron si «rechazábamos» el tratamiento médico y protestamos diciendo que no estábamos rechazando el tratamiento, simplemente pensábamos que no nos hacía falta.

«Rechazado», pues, escribió el agente en su informe.

Dos policías nos llevaron a casa en su vehículo. Se mostraron amables y educados. Llegamos a nuestra casa a oscuras casi a medianoche. Teníamos la impresión de haber estado fuera mucho más tiempo que unas cuantas horas, y de que habíamos hecho un largo viaje. Sentíamos los nervios de punta, como cables eléctricos rotos en la calle. Yo había empezado a sufrir unos escalofríos convulsivos. Tenía los ojos secos pero me sentía tan exhausta y agotada como si hubiera estado llorando. Veía que Ray estaba bien -como insistía él-, que estábamos los dos bien. Habíamos rozado la catástrofe, pero no se había producido. Y esa realidad me resultaba difícil de comprender, como intentar encajar una idea grande y pesada en una pequeña zona del cerebro.

Empecé a sentir las primeras punzadas de dolor en el pecho. Al levantar el brazo. Cuando me reía o tosía.

Ray descubrió unas manchas rojizas en sus manos.

– ¿Me he quemado? ¿Cómo demonios me he quemado?

Se echó agua fría. Tomó aspirina para el dolor.

Yo tomé aspirina para el dolor. No me apetecía nada acostarme con una deprimente noche de insomnio por delante, pero a las dos de la mañana estábamos ya en la cama y durmiendo, más o menos. Los faros cegadores, el chirrido de los frenos, ese momento de impacto increíble… El ácido olor a química, los airbags golpeándonos como unos extraterrestres enloquecidos en un film de horror y ciencia ficción…



6 из 398