
¿A qué se debió eso? Hay muchas razones.
Lo lamento, creo. Quizá lo lamento.
Porque escribir es un trabajo solitario, y uno de sus peligros es la soledad.
Pero una ventaja de la soledad es la intimidad, la autonomía, la libertad.
Y cuando pensé, la noche del accidente y los días y noches posteriores, mientras unos dolores fantasmas me asaeteaban el pecho y las costillas y perdía la esperanza de que los feos cardenales amarillos y azulados fueran a desaparecer alguna vez, que, si Ray se moría, me quedaría totalmente abandonada, que era mucho mejor morir con él que sobrevivirle sola, en esos instantes no estaba siendo escritora por encima de todo, ni siquiera escritora, sino esposa.
Una esposa a la que aterraba la idea de convertirse en viuda.
Por la mañana, nuestras vidas volvieron, aunque sutilmente alteradas, extrañas, como las vidas de otros que no tenían más que una semejanza superficial con las nuestras pero no eran las nuestras. Habría sido el momento de decir: «Mira, ¡nos podíamos haber matado anoche! Te quiero, qué agradecida me siento por estar casada contigo…». Pero las palabras no acabaron de salir.
Cuántas cosas que decir en un matrimonio, cuántas que no se dicen. Una razona que habrá otros instantes, otras ocasiones. ¡Años!
Esa mañana, Ray llamó al concesionario de Honda en el que había comprado el coche para pedir que vinieran a recogerle y le llevaran a la tienda de State Road con el fin de comprar otro, un Honda Accord LX, 2007 (con techo corredizo) que aparcó delante de casa a media tarde, reluciente como su predecesor.
– ¿Te gusta nuestro coche nuevo?
– Siempre me encanta nuestro coche nuevo.
De modo que después pensaría: «Podía haber muerto entonces. Los dos. El 4 de enero de 2007. Podía haber ocurrido muy fácilmente. Un año y seis semanas -el tiempo que nos quedaba- que fueron un regalo. ¡Da gracias!».
