Como si le hubiera leído el pensamiento, ella dijo:

– Tengo un empleo.

– ¿Dónde?

– En una clínica particular del Lido.

– ¿De enfermera?

– En la lavandería. -La joven captó la rápida mirada que él lanzó a sus manos y sonrió-. Ahora se hace a máquina, comisario. Ya no hay que bajar al río a lavar las sábanas sacudiéndolas contra las piedras.

Él se rió tanto de su propia confusión como de la respuesta de ella. Esto despejó un poco el ambiente dándole pie para decir:

– Siento que tuviera que tomar esa decisión. -En el pasado él hubiera agregado el tratamiento, «suor Immacolata», pero ya no podía llamarla así. Con los hábitos, había abandonado el nombre y quién sabe cuántas cosas más.

– Me llamo Maria -dijo ella-. Maria Testa. -Como la cantante que hace una pausa para que vibre la resonancia de la nota que marca el cambio de un registro a otro, ella se detuvo a escuchar el eco de su nombre-. Aunque ya no estoy segura de que ese nombre sea el mío -agregó.

– ¿Cómo? -preguntó Brunetti.

– Cuando dejas la orden, has de seguir un proceso. Supongo que es algo así como desconsagrar una iglesia. Es muy complicado, y pueden tardar mucho tiempo en dejarte marchar.

– Será que quieren estar seguros de que usted lo está. Que está segura, quiero decir -apuntó Brunetti.

– Sí. Puede durar meses, y hasta años. Tienes que presentar cartas de personas que te conozcan y atestigüen que eres capaz de tomar esa decisión.

– ¿Es lo que desea de mí? ¿Puedo ayudarla de este modo?

Ella agitó una mano hacia un lado desestimando sus palabras y, con ellas, su propio voto de obediencia. Eso ya acabó. Fin.

– Comprendo -dijo Brunetti, aunque no era así.

Ella lo miró de frente. Tenía unos ojos tan hermosos que Brunetti sintió un poco de envidia del hombre que la hiciera renunciar a su voto de castidad.



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